Hace poco he sabido que los blogs no actualizados en un periodo de 2 meses son considerados como abandonados (esto ocurre con 2/3 de las bitácoras comenzadas con tanta ilusión…).
A pesar de que ya me colé con el plazo, como suele ocurrirme, aquí estoy de nuevo, para demostrar que las estadísticas no están hechas a la medida de tod@s, y que l@s de naturaleza lenta también existimos.
Quizás no tuve mucho que decir, pero los acontecimientos ocurridos en la última semana, al hilo del desalojo de Casas Viejas, me llenan de ganas de hablar y gritar por un poco de justicia.
Mucho se ha dicho ya en los medios y por boca de los portavoces, casi todo, lo que supone a nivel social y de construcción de ciudadanía un proyecto como este.
Pero se hace bien difícil narrar en primera persona lo que es tener la posibilidad de disfrutar de un espacio así, en el que se pasan tantos buenos ratos, se aprende tanto, y se tienen los medios para llevar a cabo tantas inquietudes… Muchos allí, hemos proyectado una película para el barrio (cosa que yo, como estudiante de comunicación que soy, no he tenido jamás la oportunidad de montar y conectar los equipos de proyección en la facultad); otros han representado números de baile, acrobacia, funciones teatrales… ante un público, bastante numeroso y siempre agradecido, además de haber tenido el espacio donde ensayar y practicar previamente estas disciplinas (habilitado, por supuesto, por ellos mismos); hemos aprendido a organizarnos, mediante el diálogo y a gestionar los recursos propios, materias para las que nuestros políticos y gobernantes demuestran a diario una considerable incompetencia ; hemos aprendido también, los unos de los otros, compartiendo saberes y habilidades; pero sobretodo, hemos encontrado un lugar pleno de humanidad y frescura, donde no había que consumir para pasar el tiempo de ocio, donde los conciertos no eran como discotecas donde el volumen de la música no permite comunicarse y charlar, donde los “ratitos de cante y baile”, que son expresión popular de nuestra cultura, estaban siempre presentes, donde la comunicación, el compartir responsabilidades y generar actitudes críticas, eran hábitos que se imponían a lo que quedaba fuera de los muros: competitividad, incomunicación y falta de solidaridad. Y ya hace muchos siglos, que uno de los padres de nuestra cultura occidental, Aristoteles, dijo que “adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia: tiene una importancia absoluta”.“
Como si en una casa desaparecieran el salón o la cocina, los lugares donde se reúnen los que allí conviven y solo quedasen las habitaciones de cada cual, incomunicados espacios de soledad, así es el barrio en el que desaparece ahora Casas Viejas. Porque las plazas, rodeadas del tráfico y de los veladores de las terrazas, donde se prohíben tantas cosas (el cante, el juego, las reuniones), dejan de ser un lugar cómodo y agradable donde se pueda ser ciudadano y vecino. Porque el espacio que teníamos, como se ha demostrado en estos días en manifestaciones y muestras de apoyo multitudinarias, nos ayudaba a muchos a ser mejores personas en este mundo, a ser más felices, más sabios, más humanos. Porque como dijo Miguel Hernández, “no me conformo, no: me desespero (…)” estaré triste y enfadada hasta que encontremos otro lugar. Pero somos much@s con ese deseo. Y lo llevaremos a cabo.